domingo, 30 de enero de 2011

Como puñales

En la vida de alguien hay varios tipos de personas. Están las que no podrías vivir sin ellas, es decir, las importantes. Sabes que pase lo que pase van a estar ahí siempre que las necesites. Son las que inconscientemente marcas su número de teléfono, las que automáticamente te vienen a la cabeza cuando necesitas hablar con alguien. Son esas personas por las que pondrías la mano en el fuego sin dudarlo ni un segundo. Luego están las que te caen bien, pasas ratos agradables con ellas y les tienes aprecio, pero nada más. También están las indiferentes, ni te caen bien ni mal, simplemente existen y no influyen en tu vida. Hay otras que sencillamente te caen mal, quizás no te hayan hecho nada, pero no las aguantas y ya está, ellas viven su vida y tú la tuya.
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Hay mucha gente que te quiere pero también que no te desea nada bueno. No hablo de odio porque me parece una palabra demasiado fuerte y drástica, pero se le acerca. Esas personas te insultan, te critican y se meten contigo. Tú pasas de ellas, te da igual lo que digan de ti, no te interesan en lo más mínimo. ¿Pero qué sucede cuando esas personas han sido del primer grupo que he mencionado antes? Sí, esas en las que confías plenamente y pondrías la mano en el fuego. Pues te quemas. Y te sorprendes, y aún cuando llevas quemándote mucho tiempo sigues sin créertelo. Y entonces todo lo malo que dicen de ti, te duele y mucho. Sus palabras son como puñales, como dardos envenenados. Esas sí que te afectan, porque no puedes comprender cómo alguien que te importaba tanto y tú creías que le importabas puede decir esas cosas de ti que además no tienen ni pies ni cabeza...
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En esas circunstancias, te refugias en los momentos felices y divertidos. Por un momento te sientes bien, pero esa sensación desaparece cuando te das cuenta de cuál es la realidad. Entonces, esos recuerdos se tornan amargos...

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