Correr. Huir. Escapar. Parecen sinónimos de cobardía... Incluso recuerdan a alguien que no quiere enfrentarse a sus problemas. Pero correr no tiene por qué ser de cobardes, sino de inteligentes. O de enamorados. Porque aquí, ¿quién no es cobarde por amor? A veces, salir corriendo es una manera de evitar un daño innecesario. No merece la pena surfrir en vano si no se va a conseguir nada. Así que, ¿para qué intentarlo? El problema es: ¿cómo sabemos cuándo no vale la pena?
Quizás darte la vuelta y echar a correr sea lo más sensato... Pero hay veces que es mejor respirar hondo, levantar la barbilla y mirar al problema a los ojos. Puede que te explote en la cara, o no... ¿Quién sabe? Igual esa decisión es la mejor de tu vida... Desgraciadamente, sólo hay una manera de saberlo: arriesgarse. Y quien no arriesga, no gana.


