miércoles, 11 de mayo de 2011

Là où le soleil brille

Miro por la ventana. Llueve. Tras las rejas rojas observo la oscuridad y la soledad que reinan en la calle. Aún faltan varias horas para que anochezca y sin embargo parece que es muy tarde. Me aburro, me siento prisionera en mi cárcel imaginaria. Un relámpago ilumina el cielo y simultáneamente, tal que una lámpara al encenderse, una idea nace en mi cabeza. Sonrío. Me precipito a la puerta, bajo las escaleras de dos en dos y salgo a la calle pisando fuerte. Corro. No sé cuál es mi destino, pero mis piernas sí parecen saberlo. Llego a un lugar donde ya no predomina el triste gris de la ciudad. Es como un oasis en medio de un desierto. Levanto mi cabeza hacia el cielo y la lluvia moja mi cara sin piedad. Intento no cerrar los ojos. Me concentro en cada gota que cae. Le han dado al botón de cámara lenta. Puedo verla perfectamente. Una gota diminuta, pero diferente a todas las demás. En realidad, ninguna de ellas es igual. Por separado, son insignificantes, pero juntas, tienen un poder asombroso.




El tiempo vuelve a su velocidad real, pero mi cabeza se acelera. Observo las nubes. Son negruzcas y cubren el cielo por completo. Intento ver más allá de ellas, allá donde el sol brille. Y ahí está, irradiando toda su energía. Calienta mi piel y le da un matiz dorado. Observo mi pelo. Ha sido obsequiado con un brillo especial que lo hace mucho más bonito. Cierro los ojos. Permanezco en la más absoluta inmovilidad disfrutando del calor. Los vuelvo a abrir. Las nubes no se han ido, pero el sol sigue allí. No lo puedo ver, pero sé a ciencia cierta que no se ha ido ni nunca se irá, y mientras tanto, aprenderé a bailar bajo la lluvia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario